LITERARY SILENCES








SILOGISMOS DE CIORAN

La salvación sólo es posible mediante la imitación del silencio. Pero nuestra locuacidad es prenatal. Raza de charlatanes, de espermatozoides verbosos, estamos químicamente ligados a la palabra.

¡No poder volver a la época en que ningún vocablo estorbaba a los seres, al laconismo de la interjección, al paraíso del alelamiento, al estupor gozoso anterior a los idiomas...!

Formados en la escuela de los veleidosos, idólatras del fragmento y del estigma, pertenecemos a un tiempo clínico en que únicamente nos importan los casos. Sólo nos interesa lo que un escritor se ha callado, lo que hubiera podido decir, sus profundidades mudas. Si deja una obra, si se explica, se asegura nuestro olvido.
Magia del artista irrealizado..., de un vencido que desaprovecha sus decepciones, que no sabe hacerlas fructificar.





LOUIS FERDINAND CELINE (1894-1961)

VIAJE AL FIN DE LA NOCHE
Título original:
Voyage au bout de la nuit
Traducción de Carlos Manzano
Editorial Edhasa

1. Toqué tierra pocos instantes después y me reuní con la noche, más densa aún bajo los árboles, y, detrás de ella, todas las complicidades del silencio.

2. ¿Quién me juzgaría entonces? Tipos especiales, armados de leyes terribles, sacadas de quién sabe dónde, como el consejo de guerra, pero cuyas verdaderas intenciones nunca te comunican y que se divierten haciéndote escalar con ellas a cuestas, sangrando, el sendero a pico por encima del infierno, el camino que conduce a los pobres al hoyo. La ley es el gran Parque de Atracciones del dolor.

3. Pasaban los días. La historia de aquella maravillosa clienta que había poseído en la época de su aprendizaje se la contó también a Henrouille. Y acabó siendo un motivo de risa general, la historia, para todo el mundo en la casa. Así acaban nuestros secretos, en cuanto los aireamos en público. Lo único terrible en nosotros y en la tierra y en el cielo acaso es lo que aún no se ha dicho. No estaremos tranquilos hasta que no hayamos dicho todo, de una vez por todas, entonces quedaremos en silencio por fin y ya no tendremos miedo a callar. Listo.

4. No es cómodo permanecer una hora sin hablarse, mirándose de frente, sobre todo cuando es de noche, cuando vas inquieto a causa de los que te acompañan.
Sin embargo, si hubiéramos permanecido así, ofendidos pero sin manifestarlo, no habría ocurrido nada. Hoy sigo siendo del mismo parecer, cuando lo pienso.
A fin de cuentas, fue culpa mía que volviéramos a hablar y que la disputa se reanudara al instante y con más fuerza. Con las palabras todas las preocupaciones son pocas; parecen mosquitas muertas, las palabras, no parecen peligros, desde luego, vientecillos más bien, ruiditos vocales, ni chicha ni limonada, y fáciles de recoger, en cuanto llegan a través del oído, por el enorme hastío , gris y difuso, del cerebro. No desconfiamos de las palabras y llega la desgracia.
Palabras hay escondidas, entre las otras, como guijarros. No se reconocen en especial y después van, sin embargo, y te hacen temblar la vida entera, en su fuerza y en su debilidad…Entonces viene el pánico…una avalancha…Te quedas ahí, como un ahorcado, por encima de las emociones…Una tormenta que ha llegado, que ha pasado, demasiado fuerte para uno, tan violenta, que nunca la hubiera uno imaginado sólo con sentimientos…Así pues, todas las preocupaciones son pocas con las palabras, ésa es mi conclusión.





ELIAS CANETTI (1905-1994)

HISTORIA DE UNA VIDA
Galaxia Gutemberg/Círculo de lectores

LA LENGUA SALVADA. Historia de una juventud (1905-1921)

1. No es de extrañar que la amara más que nunca en esos momentos en los que ella me sentía en silencio su igual. Ella estaba segura de haber ocultado su recelo ante mí, y yo percibía las dos cosas: su implacable perspicacia y su generosidad.

2. Porque creo que es propio del saber el querer mostrarse y no contentarse con una simple existencia oculta. El saber mudo me parece peligroso, pues se vuelve más y más mudo y al final secreto y luego acaba vengándose por ser secreto.

3. Una elevación del suelo lo ocultaba (el huerto) a las miradas de los otros habitantes de la casa, nadie hubiera supuesto que estabas allí, nadie te buscaba, las llamadas desde la casa sonaban tan lejanas que hasta podías pasarlas por alto. En cuanto habías pasado sin ser visto por el pequeño agujero de la verja te encontrabas solo en el anochecer, abierto a cualquier suceso silencioso.

LA ANTORCHA AL OÍDO. Historia de una vida (1921-1931)

4. El secreto de Veza estaba en su sonrisa. Era consciente de ella y podía convocarla, pero cuando hacía su aparición ya no era capaz de revocarla: la sonrisa permanecía y daba la impresión de ser su verdadero rostro, cuya belleza engañaba mientras no sonriera. A veces cerraba los ojos, al sonreír, y sus negras pestañas se abatían hasta rozarle las mejillas. Entonces parecía observarse desde dentro, utilizando su sonrisa como lámpara. La imagen que veía de sí misma era su secreto, pero aunque se lo guardara, uno no se sentía excluído de su mundo. Su sonrisa, un arco rutilante, llegaba desde ella hasta el observador. Nada hay más irresistible que la tentación de hollar el espacio interior de un ser humano. Cuando se trata de alguien que sabe utilizar muy bien sus palabras, su silencio aumenta la tentación al máximo. Nos lanzamos a recoger esas palabras en espera de encontrarlas detrás de su sonrisa, donde aguardan al visitante.

5. Allí tampoco pude liberarme de la intolerancia que me había tocado en herencia. Pero aprendí a tratar de forma íntima con un ser pensante, trato que suponía no solo escuchar cada palabra, sino también intentar comprenderla y evidenciar dicha comprensión replicando con exactitud y sin ningún tipo de distorsión. La primera prueba de respeto hacia los seres humanos consiste en no pasar por alto sus palabras. Pese a que nosotros utilizáramos tantas, quisiera calificar aquel trato de aprendizaje silencioso, pues el otro, el aprendizaje puesto a este, al que me sometí simultáneamente en esa época, era ruidoso y brillante.

6. Mucho más importante fue, sin embargo, el aprendizaje simultáneo del buen oír. Todo cuanto se decía –en todas partes, a cualquier hora y por quien fuera- se ofrecía al oído: una dimensión del mundo para mí insospechada hasta entonces y que quizá fuera la más significativa –o en cualquier caso la más rica- por tratarse de la relación entre lenguaje y ser humano en todas sus variantes. Esta manera de escuchar era imposible si no se renunciaba a los propios impulsos. No bien se le daba cuerda al interlocutor, uno pasaba a un segundo plano, era solo oídos y no debía dejarse distraer por ningún juicio de valor ni arrebato de indignación o entusiasmo.

EL JUEGO DE OJOS. Historia de una vida (1931-1937)

7. Aquella tarde, en cambio, todo fue distinto. Durante toda la parte central de la pieza no dejé de notar la presencia de Broch. Su silencio era más penetrante que el de los demás. Broch se contenía a sí mismo como uno contiene la respiración. Yo no sabía cómo podía ser concretamente aquello, pero sí que debía guardar alguna relación con el acto de respirar, y creía –con plena consciencia- que Broch respiraba de manera distinta a todos los demás. Al horrible alboroto producido por mis personajes se oponía el silencio de Broch. Aquél silencio tenía cierta corporeidad, emanaba de Broch, era un silencio que se producía, y hoy sé que estaba relacionado con su forma de respirar.

8. El escuchar de Broch estaba interrumpido por pequeños, pero perceptibles empeñones respiratorios, que atestiguaban que uno no solo era escuchado, sino acogido, como si con cada frase pronunciada por uno fuera entrando en una casa y aposentándose ceremoniosamente en ella.

9. Era silencioso, implacable en su silencio, cuando había ante él alguien a quien pretendía descubrir o patrocinar. Para él era una cuestión vital no dejar escapar ningún elogio en ese caso. Se mantenía entonces con los labio apretados, y tanto se había acostumbrado a escatimar cada palabra y, sobre todo, los elogios, que la expresión de su rostro estaba, de hecho, determinada por ello.
Sobre Hermann Scherchen.

10. Silencio en el café Museum

En el café Museum, al que iba a diario desde que había vuelto a vivir en la ciudad, veía a un hombre que me llamaba la atención porque siempre estaba sentado solo y no hablaba con nadie. Esto no hubiera sido de suyo una cosa muy rara, pues eran muchas las personas que acudían al café para estar solas entre la muchedumbre. Pero aquel hombre me llamaba la atención porque se ocultaba tenazmente detrás de sus periódicos. Pocas, muy pocas veces asomaba la cabeza de detrás de ellos, y entonces yo me quedaba asombrado al divisar el bien conocido rostro de Karl Kraus. Sabía que no era él; en aquel local frecuentado por pintores, músicos y escritores, Karl Kraus habría sido incapaz de procurarse sosiego un momento, a no ser en compañía de otras personas. No obstante, aquel rostro, sin ser el de Karl Kraus, parecía empeñado obstinadamente en ocultarse. Era un rostro muy serio y —cosa que jamás había visto yo en Karl Kraus— no estaba en movimiento. A ratos creía descubrir en él una expresión de dolor, casi imperceptible, y la atribuía a la lectura de los periódicos. Me sorprendía a mí mismo aguardando los raros instantes en que aquel rostro hacía su aparición. A menudo interrumpía yo la lectura de mi periódico para asegurarme de que aquella persona seguía absorta en el suyo. Al entrar en el café Museum, lo primero que yo buscaba era a él, y lo reconocía —puesto que su rostro no era visible— por la rigidez con que su brazo sujetaba el periódico —un objeto peligroso al que se aferraba con fuerza y que de buena gana hubiera arrojado lejos de sí, pero que, sin embargo, leía con todo detenimiento-. Yo trataba de situarme en un lugar que me permitiera tenerlo siempre ante los ojos, lo que más me gustaba era sentarme de cara a él. Respetaba su silencio, que pronto se convirtió en algo importante para mí; jamás se me hubiera ocurrido sentarme a una mesa libre junto a la suya. La mayoría de las veces yo mismo estaba solo, aún no conocía a casi ningún habitué de aquel local, y era tan importante para mí como para aquella persona que no me molestasen. Una hora, o algo más, permanecía yo sentado frente a él, siempre a la espera de los instantes en que lograba ver su rostro. Entre nosotros había cierta distancia; sin saber quién era, yo sentía un gran respeto por él. Me daba cuenta de su concentración, como si fuera Karl Kraus, pero tal como jamás había visto yo a este: en silencio.
Él estaba allí todos los días, al llegar yo casi siempre me lo encontraba, no osaba presumir que me estuviera aguardando. No obstante, si alguna vez no lo encontraba, me notaba impaciente como si fuera yo el que lo estuviese esperando. En estas ocasiones me enfrascaba en la lectura de mi periódico, aunque solo aparentemente, no habría sabido decir qué es lo que estaba leyendo, una y otra vez alzaba los ojos para mirar hacia la entrada. Él llegaba siempre, una figura alargada y enjuta; caminaba muy tieso y retraído, casi altanero, era como si no deseara que nadie se acercase a él y quisiera mantener lejos de sí a todos los charlatanes. Recuerdo mi asombro la primera vez que lo vi caminar; era en cierto modo como si viniese cabalgando hacia mí, sobre un caballo no hubiera podido ir sentado más derecho. Yo me esperaba un hombre de menos estatura, con la espalda encorvada, pero lo que tenía aquel asombroso parecido con Karl Kraus era la cabeza. Tan pronto como aquella persona elegía sitio y se sentaba volvía a ser Karl Kraus, oculto detrás de los periódicos, a los que daba caza.
Como nada sabía yo de él, nada tenía que decir sobre él.
Durante año y medio estuve viéndolo así, llegó a ser un pedazo mudo de mi vida. A nadie le hablé de él y jamás hice preguntas sobre él. Si hubiera dejado de comparecer, seguramente me habría decidido a interrogar por fin al camarero.
Antes de que se completara, yo presentía ya que un cambio se estaba preparando dentro de mí con respecto a Karl Kraus. No me gustaba mucho verlo y ya no iba a escuchar todas y cada una de sus lecturas públicas. Mentalmente, sin embargo, no lo tocaba, y sin duda tampoco hubiera osado contradecirle. No soportaba en él ninguna incoherencia, y aunque esta no era aún propiamente palpable, yo deseaba para mí su silencio. Su copia en el café, que yo veía a diario, se me convirtió de este modo en una necesidad de la que no me gustaba prescindir. Era una copia, no un doble. Pues cuando se ponía de pie, o cuando caminaba, no tenía nada en común con Karl Kraus, mas cuando estaba sentado y leía el periódico, se parecía tanto a él que resultaban intercambiables. Aquel hombre jamás apuntaba nada, jamás tomaba notas. Leía y se ocultaba. Nunca leía un libro. Y aunque daba la impresión de haber leído mucho, lo único que leía era el periódico.
Yo solía tomar apuntes en el café y no me gustaba nada que pudiera verme haciéndolo. Me parecía un descaro escribir en su presencia. Cuando él levantaba fugazmente la mirada yo dejaba caer sigilosamente el lápiz. Me mantenía siempre en estado de alerta; a lo que estaba verdaderamente atento —o a lo que estaba más atento que a ninguna otra cosa— era a la aparición del rostro de aquel hombre que rápidamente volvía a ocultarse. Mi mueca de impaciencia tenía sin duda que engañarlo, no creo que ni una sola vez me sorprendiese escribiendo. En mi opinión él lo veía todo —no solo a mí— y reprobaba lo que veía, por eso volvía a recluirse con tanto apresuramiento. Lo tenía por un maestro en el arte de calar hondo con la mirada, tal vez porque yo sabía que Karl Kraus lo era. Aquel hombre no necesitaba mucho tiempo para darse cuenta de todo, tampoco se demoraba en ello, y acaso —esta era mi esperanza— esto no tenía demasiada importancia para él, estaba ocupado en cosas importantísimas, podía notarse cuánto le asqueaba el periódico. Las erratas de imprenta se le habían vuelto indiferentes. No cantaba cosas de Offenbach, no cantaba arias de nada, había comprendido que su voz no era apta para cantar. Leía también periódicos extranjeros, no solo vieneses, no solo alemanes. Siempre había un periódico inglés sobre el montón de periódicos que el camarero le llevaba.
El hecho de que no tuviese nombre me venía bien, pues tan pronto como yo hubiese conocido su nombre, él habría dejado de ser Karl Kraus. Y entonces habría concluido el proceso de transformación del gran hombre, tan ardientemente deseada por mí. No descubrí hasta más tarde que, en el transcurso de aquella relación muda, algo dentro de mí se dividió. Las energías de la veneración se fueron desasiendo poco a poco de Karl Kraus y orientándose hacia su silenciosa copia. Era una mudanza radical de mi configuración psíquica, en la cual la veneración había desempeñado siempre un papel central. Y la circunstancia de que ese cambio aconteciese en silencio realzaba su importancia.

11. Ocurría que, ante la belleza que a otros volvía elocuentes, él enmudecía y solo volvía a hablar cuando aquella había desaparecido. Este era el homenaje más alto que el doctor Sonne era capaz de rendir, y raras veces hubo una mujer que lo comprendiese.





ELIAS CANETTI
'Masa y poder', del capítulo en el que habla sobre la función del secreto entre los poderosos:

"El poder del callar es siempre altamente apreciado. Significa que somos capaces de resistir a los innumerables motivos exteriores que inducen a
hablar. No respondemos a nada, como si nunca fuésemos interrogados. No dejamos percibir si algo nos gusta o no. Somos mudos sin haber enmudecido. Pero hemos escuchado. En su acepción extrema, la virtud estoica de la impasibilidad debería inducirnos a callar.
El silencio presupone un conocimiento exacto de aquello que silenciamos. Como en la práctica no enmudecemos para siempre, hemos de elegir entre lo que podemos decir y lo que silenciamos. Lo que mejor conocemos es aquello que pasamos en silencio. Es más preciso y más precioso. El callar no
solamente lo protege, sino que lo hace más concentrado. El hombre que calla mucho da en todos los casos la impresión de estar más concentrado. Si calla mucho, suponemos que sabe mucho. Suponemos que piensa mucho en su secreto. Se encuentra con él cada vez que debe protegerlo.
El que calla no debe, pues, olvidar el secreto que le han confiado. Se le apreciará tanto más cuanto más arda el secreto en su interior, cuanto más
aumente dentro de él sin que lo revele.
El silencio aísla: quien calla, está más solo que los que hablan. Así se le atribuye el poder del aislamiento. Es el custodio de un tesoro y ese tesoro está dentro de él.
El silencio actúa contra la metamorfosis. Quien se ha retirado a su puesto de guardia interior no puede alejarse de él. El que calla puede disimular, pero con rigidez. Podrá ponerse una máscara determinada, pero deberá limitarse a ella. Le estará vedada la fluidez de las metamorfosis, cuyas consecuencias son demasiado inciertas. Es imposible prever hasta dónde podemos llegar si nos
abandonamos a ella. Callamos siempre que no deseamos metamorfosearnos. Al enmudecer desechamos todas las ocasiones que propicien la metamorfosis. Hablando se entreteje la trama de los hilos entre los hombres, el silencio lo paraliza todo.
El que calla tiene la ventaja de que sus palabras son más esperadas. Se les da mayor peso. Son concisas y aisladas y así se aproximan a la orden.
La artificiosa diferenciación de categoría entre quien ordena y quien tiene que obedecerle supone que no tienen una lengua común. No han de hablar entre
ellos, es como si no pudiesen hacerlo. La ficción de que fuera de la orden no existe entendimiento posible entre ellos se mantiene en todas las
circunstancias. Así, los que mandan acaban optando por el silencio dentro de la esfera de su función. Y así nos acostumbramos también a esperar que, quienes guardan silencio, digan palabras que sean como órdenes cuando por fin hablen."






NICANOR PARRA

P - ¿Cree que va a venir un gran silencio?
R - Es muy divertido lo que usted dice porque mi próximo libro, \\'Páginas en blanco\\', tiene que ver con eso, y además es la frase clave de un discurso
que tengo que pronunciar en Guadalajara sobre Juan Rulfo. Si Heidegger hablaba de la fundación del ser por la palabra, yo digo como síntesis del
trabajo de Rulfo: la fundación del ser por el silencio. Y \\'Pedro Páramo\\' está hecho de silencio. Así que me encanta que usted haya pronunciado esta palabra en la entrevista, ésa es la clave: la fundación del ser por el silencio.
(Entrevista a Nicanor Parra, en 1992)





LOS SILENCIOS DE MARCEL PROUST
‘En busca del tiempo perdido’.
Alianza editorial. Traducción de Pedro Salinas

1. POR EL CAMINO DE SWAN

1. Abrí la ventana sin hacer ruido y me senté a los pies de la cama; no me movía apenas para que no me sintieran desde abajo. Afuera también las cosas parecían estar inmóviles y en muda atención para no perturbar el claror de la luna, que duplicaba y alejaba todo objeto al extender ante él su propio reflejo, más denso y concreto que él mismo, y así adelgazaba y agrandaba a la par el paisaje, como un plano doblado que se va desplegando. Movíase aquéllo que debía moverse, el follaje de algún castaño. Pero su estremecimiento minucioso y total, ejecutado hasta los menores matices y las extremas delicadezas, no se vertía sobre lo demás, no se fundía con ello, permanecía circunscripto. Expuestos sobre aquél fondo de silencio que no absorvía nada, los rumores más lejanos, que debían de venir de jardines situados al otro extremo del pueblo percibíanse detallados con tal \"perfección\", que ese efecto de lejanía parecía que lo debían tan sólo a su pianíssimo como esos motivos en sordina tan bien ejecutados por la orquesta del Conservatorio, que , aunque no perdamos una sola nota de ellos, nos parece oírlos fuera de la sala de conciertos, y que hacían a todos los abonados antiguos – y también a las hermanas de mi abuela cuando Swann les daba sus billetes – aguzar el oído como si oyeran el lejano avanzar de un ejército en marcha que aún no había doblado la esquina de la calle de Trévise.

2. El interés de la lectura, mágico como un profundo sueño, había engañado a mis alucinados oídos, borrando la áurea campana de la azulada superficie del silencio. ¡Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño del jardín de Combray;

3. Cené con Legrandin, en su terraza; había luna: “¡Qué hermosa calidad de silencio hay esta noche! –me dijo- ; para los corazones heridos como el mío, dice un novelista que ya leerá usted algún día, lo único adecuado es la sombra y el silencio. Y sabe usted, hijo mío, llega una hora en esta vida, aún está usted muy lejos de ella, en que los ojos fatigados ya no toleran más que una luz, esta que una noche como la presente prepara y destila en la oscuridad, y cuando el oído no percibe otra música que la que toca la luna en el camarillo del silencio.

4. A media altura de un árbol indeterminado, un pájaro invisible, ingeniándose en hacer más corto el día, exploraba con una prolongada nota la soledad circundante, pero dábale ésta una réplica tan unánime, le devolvía un golpe tan redoblado de silencio e inmovilidad, que se hubiera dicho como si no lograra más que detener para siempre aquél mismo instante que intentaba hacer más rápidamente pasajero.

5. Salíamos al paseo, y por entre sus árboles se veía asomar el campanario de San Hilario. De buena gana me habría sentado allí para estarme toda la tarde leyendo y oyendo las campanas: porque estaba aquello tan hermoso, tan tranquilo, que el sonar de las horas no rompía la calma del día, si no que extraía su contenido, y el campanario, con la indolente y celosa exactitud de una persona que no tiene más quehacer que ése, apretaba en el momento justo la plenitud del silencio para exprimir y dejar caer las gotas de oro que el calor había ido amontonando en su seno lenta y naturalmente.

6. Y vio su resolución de no darse por enterada, de no tomar en consideración la noticia que acababan de comunicarle y de permanecer, no sólo muda, sino sorda, como solemos fingir cuando un amigo indiscreto desliza en la conversación una excusa de tal naturaleza que sólo el oírla sin protesta sería darla por buena, o pronuncia el nombre execrado de un ingrato delante de nosotros; y la señora de Verdurín, para que su silencio no pareciera un consentimiento, sino ese gran silencio, que todo lo ignora, de las cosas inanimadas, borró de su rostro todo rasgo de vida y de motilidad; su frente combada se convirtió en un hermoso estudio de relieve, que ofreció invencible resistencia a dejar entrar el nombre de esos La Trémoille, tan amigos de Swann;

2 – A LA SOMBRA DE LAS MUCHACHAS EN FLOR

1. Al principio no me encontraba más que a un lacayo, que, tras hacerme pasar por varios salones, me introducía en una salita vacía, donde ya empezaba su sueño la azulada tarde puesta en los balcones; me quedaba solo, sin otra compañía que orquídeas, rosas y violetas, las cuales –como esas personas que también están esperando en la misma habitación que nosotros, pero que no nos conocen- guardaban un silencio más impresionante aún por su individualidad de cosas vivas y recibían, frioleras, el calor de una incandescente lumbre de carbón, preciosamente alojada tras una vitrina de cristal en una tina de mármol blanco, que iba desgranando lentamente sus peligrosos rubíes.

2. El viandante se figuraba, y no sin cierta emoción, que había ocurrido alguna modificación en esa misteriosa causa al ver que uno de los coches se ponía en movimiento; pero no era nada: el cochero, temeroso de que lo caballos se enfriaran, los hacía ir y venir de cuando en cuando, en paseos doblemente impresionantes, porque las llantas de goma ofrecían un fondo de silencio al patear de los caballos, que sobre él se destacaba más distinto y explícito.