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Silence on the lake

El lago de la Ciutadella acogió el martes una sugerente performance de Tres, activista en favor del silencio

La Vanguardia
LLÀTZER MOIX - 23/06/2005

Unas quinientas personas contemplaron en silencio, el martes al caer la noche, las lentas evoluciones de ocho botes en el estanque del parque de la Ciutadella. La tripulación de cada bote estaba compuesta por una sirena, a proa; un remero enmascarado vestido de negro, a popa, y un tuba sentado entre ambos. Los ocho músicos, cada uno desde su embarcación, alternaban el silencio con la emisión de notas graves, que evocaban las sirenas del transatlántico perdido entre la niebla. El ambiente era mágico y callado, como deseaba Tres, el activista conceptual e investigador del silencio que lo había ideado.

A eso de las 21.30 horas, cuando el crepúsculo empezó a ganarle la partida al día, los remeros dejaron de bogar. Al silencio se le unió entonces la quietud: dos circunstancias infrecuentes en la ciudad, potenciadas esta vez por la atmósfera romántica de la Ciutadella, con sus palmeras despeinadas y su aire decimonónico. Aún se oyó algún cuchicheo, algún grito de gaviota, teléfonos móviles, ladridos en la lejanía o el ocasional alboroto de los patos del lugar. Pero la sensación era ya de tiempo detenido, de paréntesis en el fragor urbano, de suspensión. El agua verdosa parecía haber imantado las barcas y petrificado a los navegantes. La luz menguante favorecía una atmósfera brumosa, irreal, que envolvía incluso las dos torres de la Vila Olímpica, telón de fondo de la escena, difuminando los contornos del hotel Arts (pero no -la felicidad nunca es completa- el rojísimo anuncio que corona el edificio Mapfre).

Luego los remeros retomaron los remos, los botes se deslizaron de nuevo sobre el agua y las tubas sonaron otra vez, hasta completar esta acción titulada Tubas en el lago. El silencio de las sirenas, paradójico colofón de la Festa de la Música que se celebró anteayer... Pero, para entonces, la performance había cruzado ya su rubicón, verificando una vieja sentencia de Kafka: "(Las sirenas) tienen un arma más terrible aún que el canto: su silencio. Aunque no ha sucedido, es quizá imaginable la posibilidad de que alguien se haya salvado de su canto, pero de su silencio, ciertamente, no".

La acción de la Ciutadella fue un nuevo episodio en la trayectoria de Tres, a quien el crítico Ignacio Echevarría ha definido como "un activista al servicio de un ideal revolucionario que no apunta tanto al silencio como al silenciamiento de tantos ruidos como interfieren y desquician el tráfico de la vida espiritual".

La fascinación de Tres -un personaje que prefiere reservar su identidad y su imagen- por el silencio data de antiguo. La despertó una serie de reportajes y entrevistas sobre la ausencia de ruidos que publicó Juan Insúa en La Vanguardia, hace veinte años. La alimentaron, más tarde, las lecturas. Y fructificó en una sucesión de actividades que han ido labrando su perfil de artista que investiga y experimenta sobre el silencio. En su currículo figuran dos ediciones del festival Muted dedicado al silencio (1998 y 1999, en el CCCB); quince Conciertos para apagar (consistentes en la escucha del conjunto de los sonidos existentes en un local para, acto seguido, ir apagándolos -desconectando aparatos de refrigeración, ordenadores, escaleras mecánicas, teléfonos o luces- hasta alcanzar el mayor nivel de silencio posible); siete Cócteles silenciosos (cuyos asistentes son invitados a enmudecer y, por tanto, a redescubrir los placeres que comporta ver, oír, callar y estar); o el Concierto silencioso, como el que la Banda Municipal de Barcelona interpretó en junio del 2002, dirigida por Tres, leyendo formalmente su partitura, pero sin que se escapara de sus instrumentos una sola nota.

Cuando uno le pregunta a Tres qué entiende por silencio, lo primero que oye es, precisamente, un silencio. Y, a continuación, estas palabras: "No tengo respuesta, la busco con lo que hago. Yo no persigo al silencio, es el silencio el que me ha atrapado a mí. Puedo decir, eso sí, que el silencio es un misterio, una paradoja única. Me sorprende que se lo considere valioso y, al tiempo, sea casi inalcanzable. Por esta razón investigo sus posibilidades artísticas. Por eso y porque me parece un ámbito inexplorado y libre". Dicho esto, al tiempo que habla de territorio todavía no cartografiado, Tres admite su deuda con otros creadores que han atendido la llamada del silencio: desde filósofos como Wittgenstein hasta ensayistas como Sontag, pasando por poetas como Rimbaud, músicos como Cage o creadores plásticos como Duchamp o Beuys. "Del silencio -prosigue Tres- me gusta su ambigüedad: puede ser positivo pero también negativo; puede ser necesario u odioso; puede llevarnos a la exaltación mística, pero puede ser terrible. Bataille decía que ´de todas las palabras, silencio es la más perversa y la más poética; ella misma es la prueba de su muerte´. El silencio no es elitista, entraña una rara sabiduría. Si lo supiéramos administrar, estaríamos mejor preparados para la vida. Pero las cosas no van por ahí: la sociedad circula en dirección contraria".

Ante esta situación, Tres multiplica esfuerzos. Su objetivo es crear un espacio para el silencio en nuestro mundo, dotarlo de una presencia, descubrir sus poderes comunicativos. Diversas acciones le valen para ello. En la última edición de la feria Arco, Tres compartió minutos de silencio con veinte galeristas. Dos días después del 11-M, se plantó ante el Gobierno Civil transformado en hombre anuncio: en su pancarta definía la coyuntura con el lema 13-M, un silencio sospechoso.Tres ha organizado también tamboradas con tambores enmudecidos con fieltro. Y ha calzado zapatos de goma a los caballos de la unidad montada de la Guardia Urbana para amortiguar el ruido producido por sus cascos al patear el asfalto.

El mundo es hoy una reunión de "gente hablando sin decir nada y gente oyendo sin escuchar", según adelantó Paul Simon en su canción Sounds of the silence (1964). Por ello, Tres sigue con sus proyectos. El próximo podría ser la recuperación de la Sinfonía monotónica de Yves Klein: treinta instrumentos de cuerda y un coro de treinta voces interpretando veinte minutos sin pausa de acorde en re mayor, seguidos de veinte minutos de silencio y quietud. Tres sabe que el mundo en general, y el del arte en particular, están dominados por el ruido, por el exceso sensacional, por la voz chillona y enervante. Pero no ceja en su empeño. Acaso porque piensa, como el poeta canadiense Bliss Carman, que "el éxito está en los silencios, aunque la fama vaya con la canción".

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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