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Brindis por el derecho a callar

Media hora de silencio en Sant Felip Neri, territorio de la disidencia cultural

Xavier Mas de Xaxàs
Martes, 26 de septiembre 2006. La Vanguardia. Vivir

Dos horas antes del espectáculo piromusical que, con su combinación de luz y estruendo puso punto final a las fiestas de la Mercè, un grupo de ciudadanos se citó ayer tarde en la plaza Sant Felip Neri para rendir un cerrado homenaje al silencio.

Alrededor de la fuente, frente a la fachada de la iglesia reventada por los bombardeos de la Guerra Civil, allí donde, de lunes a viernes, los niños del colegio público dejan ir los gritos de la alegría reprimida por la educación, los amantes del silencio reivindicaron el derecho a callar en sociedad, un derecho que, a su juicio, la educación nos reprime y debería practicarse con más asiduidad.

Los amigos del silencio se vieron las caras a las ocho de la tarde y con un cóctel sin alcohol servido por el hotel Neri, brindaron sin abrir la boca. El silencio era tan espeso como el del doctor Murke, aquel silencio espeso de muchos silencios imaginado por Heinrich Böll y revivido ayer por Tres, el artista musical que lleva más de 20 años defendiendo la posibilidad de callar y explorando el silencio “como presencia dialéctica que perturba y a la vez se legitima en un mundo poblado por la palabra”.

Un reloj acústico y unas tubas de las que surgían los sonidos de las sirenas que persiguieron a Ulises dieron relieve a un silencio de alta densidad. La plaza estaba llena y el silencio se intensificaba con las bocas cerradas de tantas personas. La fiesta era en off. Sólo siseos, murmullos, secretos y complicidades. Más allá de los muros de piedra, la ciudad cantaba el Virolai y Els segadors. Dentro de la plaza se oían ropas, zapatos con suelas y tacones, toses, estornudos, pajas de cóctel picando hielo y la exclamación de un boicoteador. El silencio era tan frágil que sólo hacía falta uno para romper el de muchos.

Los silenciosos, liberados de cualquier convención social vinculada al habla, se miraban, sonreían, inclinaban la cabeza, intentaban alguna comunicación gestual más complicada, un guiño, un beso mudo, y al final, cuando la campana que hacía de reloj acústico marcó el punto final, echaron mano del aplauso y del grito jubiloso para salir del vacío medio lleno en el que les había hundido el silencio.

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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