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LA RAMBLA A CIEGAS


Por Agustí Fancelli
*Artículo original escrito para El País el 30/04/2009 y cuya versión definitiva apareció recortada el 12 de mayo.

Creo haber recorrido las Ramblas en casi todas las modalidades posibles. No las he sobrevolado, pero sí las he cruzado bajo tierra con el metro. En cuanto a los desplazamientos de superficie, he utilizado el coche, la moto, la bici e incluso la calesa, acompañando a turistas a los que no conseguí disuadir. Las más de la veces, sin embargo, las he transitado a pie: con paso acelerado los días de faena y más indolente los festivos. En los remotos tiempos de juventud, también había practicado la carrera ante de los grises y en noches que prefiero olvidar la variante a cuatro grapas. No he tenido ocasión de bajarlas sentado ante un piano de cola con dos actores retozando sobre la tapa, como hizo Carles Santos el pasado 1 de abril. A cambio, el miércoles pasado descendí de Canaletes hasta Santa Mònica a ciegas.
La convocatoria El ángel necesario, del performer Tres (Barcelona, 1956), invitaba a vivir esa experiencia y luego asistir en el centro de arte a la presentación del libro The actions (1981-2008), que recoge sus múltiples acciones artísticas en estas tres décadas, muchas de ellas dedicadas a experimentar con el silencio. La nota añadía que era imprescindible llevar a un lazarillo que guiara tus pasos. Mi amigo Agustí Carbonell se prestó a acompañarme: es fotógrafo, de modo que sus ojos valen por dos, y además tiene una envergadura que reputé disuasoria frente a quienes pretendieran robarme la cartera aprovechándose de mi minusvalía.
Tocado con una gorra de generosas dimensiones, Tres llegó a Canaletes pasadas las ocho de la tarde y distribuyó entre la treintena de reunidos –entre ellos, Antoni Miralda, guiado por Montse Guillén- unas vendas oscuras con las que taparnos los ojos. Un par de crónicas anteriores sobre la ONCE me permitieron indicar muy profesionalmente a Carbonell cómo debía colocarse para evitarme el testarazo: ligeramente adelantado y ofreciéndome el hombro para que yo pudiera detectar al tacto los cambios de desnivel. Así arrancamos.
Mi guía iba preguntándome de vez en cuando dónde creía que estábamos. Acerté casi siempre, aunque adelanté el Pla de l’Ós un centenar de metros. Detectar por el olfato la rambla de les Flors está chupado; en cambio, el olor a fritanga de los gofres te desubica: podrías estar en cualquier otra capital opulenta del planeta. Pero el sentido que se impone es sin duda el oído: el zumbido de las motos, el ronroneo de los autobuses, el traqueteo de las ruedecillas de las maletas deslizándose sobre el pavés. Y por supuesto, muy a lo Sophie Calle, retazos de conversaciones en todas las lenguas de Babel. Entre las que comprendí: “Nos vemos el lunes”, “No voldria sentir-t’ho dir” y “¿Adónde van esos colgados?”, me temo que dirigida esta última a la comitiva invidente de la que yo mismo formaba parte. 20 minutos más tarde ascendíamos sanos y salvos las rampas de Santa Mònica.
Recobrada la visión, Tres nos interpretó una perfomance sonora. Sobre un fondo electrónico pregrabado, el artista se subió a una tarima y se puso a dar vueltas tipo giróvago, armado con una campana en cada mano, de latón la más grave, plateada la aguda. Acabado el campaneo, rogó a los asistentes que nos tapáramos los oídos y con una pistola de fogueo disparó tres tiros contra una pancarta de felpa en la que se leía “No más silencio”. Explicación de Tres: “Es en cierto modo un cambio de etapa. Tras años de experimentar con el silencio [ha realizado conciertos, cócteles y happenings silenciosos, ver www.elsilencio.com], ahora necesito liberarme de él, abrir una etapa más conceptual. No soy un apologista del silencio, pues éste también implica negación, represión, censura. Ahora ya no me callo, puedo decir lo que quiera. Incluso denunciarlo”.
Estimulante. Como lo fue conocer las Ramblas a ciegas. Él lo probó el 3 de marzo de 2003 (3.03.03), guiado por su hijo, que ese día cumplía 12 años. Le gustó y decidió compartirlo.

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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